cierres


 Reina otro domingo en las calles vacías del barrio más de moda de la vieja ciudad. De los cajeros del banco sale una pareja, del portal de una finca abandonada un perro y de la iglesia de la esquina dos ancianas del brazo. Dos sonrisas en la misma sonrisa, un silencio ladrado, dos niñas envejecidas. La vida, que es así; bosque, río, lluvia, viento y sol. En fin. Unas palabras que escribió el poeta Carlos Marzal en su columna semanal, y que siento como mías:
 Los grandes grupos editoriales deberían consultar a sus lectores, en especial a mí, antes de tomar decisiones  irreparables, como la de cerrar Círculo de Lectores, que entiendo como un ataque personal, como una afrenta hacia mi memoria y mis espectros sentimentales, valga la redundancia.

           

noviembres

 El recepcionista leía una novelita de vaqueros en voz baja, dos pistoleros rivales disputándose las lágrimas de un mismo caballo. El espejo del ascensor, roto. Una limpiadora retiraba una bolsa de basura de una de las habitaciones, la más próxima a la solitaria ventana del pasillo. Alguien, en algún lugar de las entrañas del silencio antiguo, reía.  

 En el informativo la presentadora acaba de leer el último comunicado. Se prohíbe a la población salir de casa hasta que la situación se normalice. Ninguno de los rostros que han ocupado después la pantalla se ha referido al número de detenidos. El teléfono fijo de la habitación ha sonado varias veces sin ninguna voz al otro lado, su móvil está fuera de cobertura y se sorprende llorando frente al espejo del diminuto cuarto de baño. Cuando golpean la puerta de la habitación, con dulzura de nudillos, sabe que él es el siguiente. No dispares, John.


jueves

Los días de lluvia huelen a goma mojada y serrín. Es lo que piensa el hombre que está acodado en la barra del bar de la estación. A sus pies una maleta y un balón de reglamento dentro de una bolsa de plástico. Si vienen les dirá que les ha echado mucho de menos, que ya saben que no fue nunca de escribir cartas, que allí donde estuvo no había cobertura. Mira insistentemente el reloj. Sí, el tiempo sigue pasando.
Cuando suene a lo lejos, muy lejos, un teléfono, ya sabe que instantes después se le acercará el camarero con un recado. Sin mirarle a los ojos, intentará repetirle lo que le han dicho que le diga. Se olvidará de algunas palabras, no tiene importancia, y pronunciará mal un nombre. Él sonreirá entonces, y recordará. Una noche, un mundo que gira, olas que ríen. También a él le costó pronunciarlo la primera vez.