Pólvora

Babo piensa que los pobres ninots no tienen la culpa de lo que sucede estos días en las calles de su vieja ciudad. Tampoco la tiene la pareja de ancianos que está sentada en uno de los bancos de madera del parque de los columpios. Ella come con elegante parsimonia de una fiambrera que sostiene en el regazo. Él está comiéndose una manzana a trozos con ayuda de una navajita. Calzan conmovedoras zapatillas de deporte del mismo modelo. Ella, blancas; él, azules. Se diría que a juego con el cielo de arriba. Casi han visto ya todas las fallas que querían ver y que tienen anotadas, con la ruta a seguir, en una pequeña libreta. De tanto en tanto se sonríen con una mirada de silencio que para sí quisieran los vándalos que los rodean, tumbados en los trozos de césped entre vasos de plástico, petardos y futuras cenizas. 

Desahucios (y 4)

Lo primero que hizo Babo después de ser rescatado del ascensor por una bombero fue darse una ducha. Necesitaba cantar a gritos con el agua tibia invadiéndole la piel. Roberto Carlos, Camilo Sesto, el tractor amarillo y la gata bajo la lluvia fueron algunos de los testigos de la resurrección de su valentía. Luego acudió a uno de sus sitios de siempre a comer de menú. De primero ensalada valenciana, de segundo arroz al horno y de postre fresas sin nada. Un cortado para terminar. De propina, ni hablar. Al regresar subió por la escalera y se cruzó con el vecino de arriba que bajaba cargado con una bicicleta de montaña. Se saludaron como viejos amigos aunque apenas se conocen. Cuando llegó, por fin, se tumbó en el sofá de la salita de estar y durmió como un bendito. Soñó un sueño antiguo.  

Desahucios (3)



Babo se quedó encerrado una vez en un ascensor. Recuerdo que me llamó por teléfono mientras permanecía allí. Aunque siempre fue muy dado a disimular sus miedos, su voz era tranquila y clara. Le pregunté si había alguien con él, porque me pareció oír de fondo una risa. No, nadie más que él y él mismo dentro del espejo. Me contó que no conseguía resolver de manera bonita un viejo problema planteado por Lewis Carroll; que los versos con los que Antonio Machado acababa su poema dedicado a Pío Baroja eran: “De la rosa romántica, en la nieve, / él ha visto caer la última hoja.”; que Cicatriz, la novela de Sara Mesa era dabuten; y que echaba de menos las tardes eternas de billar que tantas veces nos habían atrapado. Recuerdo que volví a preguntarle. Esa vez me pareció haber escuchado la sirena de un coche-policía de juguete. No, no. Imaginaciones mías. Que ya me seguiría contando cuando lo sacaran.