Pulseritas

Un perrito de plástico dentro de un sobre. La niña lo quiere y él no sabe decir que no. Sólo le falta uno para completar la colección. El quiosquero tiene la cabeza más grande de lo normal y tartamudea cuando se pone nervioso si el cambio para la devolución no le alcanza. Alguna vez él sigue encontrándoselo en el bar, de pie, desafiante frente a la barra y de espaldas a los expertos del dominó. Acabarán hablando de películas del Oeste como en los viejos tiempos. Entre cervezas bien frías, siempre será la misma la conclusión a la que lleguen. Nunca debieron abandonar el Misisipi. 

La niña abrirá el sobre en casa con dedos ansiosos. El vaho del porvenir en el espejo de los recuerdos. Ni siquiera si le sale repetido, lo más probable, le negará a él una de las sonrisas más hermosas del mundo. Por el camino le habrá dado un beso en la mano que la tiene cogida sin soltársela. La de risas que se les escapan cuando el último semáforo se pone verde y corren por encima de un paso de cebra que les morderá si se demoran.


Los relojes no tienen corazón, está bien que así sea. Shane o Tom Doniphon, qué más da. Un perro ladrará en el París de los sueños anticipados. Será una fiesta. Una lágrima resbalará por la mejilla de una marioneta perdida en una fatídica apuesta por un titiritero; una mujer verá la vida en rosa en la penumbra furtiva de un patio de butacas en día laborable y en algún lugar del único cielo, como después de la lluvia primigenia, aparecerá un arco iris irrepetible. Más allá, mucho más allá, de Septiembre.   

Fútbol

              Piensa que no estarán todos durante la ovación de ánimo del minuto 10. Sobre el césped el balón estará perfectamente inflado y a ninguno de los jugadores se le ocurrirá ausentarse durante el partido para saciar su sed bebiendo del agua de una acequia. Los postes de las porterías no serán piedras, ni los largueros el cielo; ni la enfermera al otro lado de un océano se las verá y deseará para impedir que su paciente, un argentino melenudo de medias caídas y porte señorial, arme su zurda y dispare. Qué estruendo de azahares silenciados por el otoño de la memoria. Y entonces, o ahora, o luego, un 124 de color granate regresaba, o regresa, o regresará, del paraíso de los goles irrepetibles.

Corazones

  Era una de las fotos, una de tantas ya en color, que guardaba en la caja de zapatos tanto tiempo abandonada en un rincón trastero. Hasta el anochecer del día anterior. A esas horas, si todo había ido como tocaba y ningún camión de recogida había extraviado su ruta, los cuatro niños que en cuclillas sonrieron a la cámara mil años atrás seguirían jugando a la petanca entre los montones de algún remoto vertedero municipal. Como si con ellos no fuera a tener nunca tratos la vida alrededor.
   Él, ¿qué fue de su pelo, de su flequillo romano?, se limitó a introducirla con delicadeza en un contenedor azul. Incapaz de romperla antes, se tuvo que conformar con la apocada valentía de llorar, un poquito nomás, por la calle y con darle un puñetazo al espejo retrovisor de un coche mal aparcado. Si alguien se lo hubiera recriminado no le hubiera importado darse de hostias. Incluso darse de abrazos o de morreos. Todo antes que aceptar que ese tres, esos cuatro menos uno, se hubiera convertido de repente, un simple mensaje de móvil había sido suficiente, en un número impar. Intolerablemente impar.