Fútbol

              Piensa que no estarán todos durante la ovación de ánimo del minuto 10. Sobre el césped el balón estará perfectamente inflado y a ninguno de los jugadores se le ocurrirá ausentarse durante el partido para saciar su sed bebiendo del agua de una acequia. Los postes de las porterías no serán piedras, ni los largueros el cielo; ni la enfermera al otro lado de un océano se las verá y deseará para impedir que su paciente, un argentino melenudo de medias caídas y porte señorial, arme su zurda y dispare. Qué estruendo de azahares silenciados por el otoño de la memoria. Y entonces, o ahora, o luego, un 124 de color granate regresaba, o regresa, o regresará, del paraíso de los goles irrepetibles.

Corazones

  Era una de las fotos, una de tantas ya en color, que guardaba en la caja de zapatos tanto tiempo abandonada en un rincón trastero. Hasta el anochecer del día anterior. A esas horas, si todo había ido como tocaba y ningún camión de recogida había extraviado su ruta, los cuatro niños que en cuclillas sonrieron a la cámara mil años atrás seguirían jugando a la petanca entre los montones de algún remoto vertedero municipal. Como si con ellos no fuera a tener nunca tratos la vida alrededor.
   Él, ¿qué fue de su pelo, de su flequillo romano?, se limitó a introducirla con delicadeza en un contenedor azul. Incapaz de romperla antes, se tuvo que conformar con la apocada valentía de llorar, un poquito nomás, por la calle y con darle un puñetazo al espejo retrovisor de un coche mal aparcado. Si alguien se lo hubiera recriminado no le hubiera importado darse de hostias. Incluso darse de abrazos o de morreos. Todo antes que aceptar que ese tres, esos cuatro menos uno, se hubiera convertido de repente, un simple mensaje de móvil había sido suficiente, en un número impar. Intolerablemente impar.                  

Agostos

  Gritos en el piso de arriba. Una pareja discutiendo acaloradamente en la hora de la siesta. Verano. Algo acerca de un avión, un gatito enjaulado y una multa de tráfico por exceso de velocidad. No me doy por vencido y sigo tumbado en la cama tapándome los oídos. Una cierta nostalgia araña la espalda de mi memoria. Cierro los ojos para seguir el vuelo de un avioncito de papel hasta que aterriza en un suelo de otro tiempo. Dos bocas acercándose y dos lenguas apresuradas inventando el primer beso de mayores. Una tumbona improvisada entre naranjos. Qué dulce estaba el melón de la comida, ¿por qué lloraba la vendedora de cupones dentro de su casita verde esta mañana cuando he bajado a por el periódico?, ¿cuál fue el dorsal que lucía Kempes en su primer partido oficial con el Valencia? Gira el mundo gira. Girando al fin se hace casi el silencio, apenas un gemido. Y un maullido invisible encerrando el tac tic del reloj loco.